Por María Esther Silva

Hace pocos días una amiga me hizo una invitación para que contara a un grupo de mujeres la historia de mi emprendimiento. Estuve pensando en mi recorrido y tomar consciencia de cómo habían sido mis primeros pasos para crear y llevar a tierra mi proyecto, y me pareció interesante porque, inconscientemente, nació de lo que había sido mi historia personal. Creo que muchos emprendimientos tienen su origen en vivencias personales, pero no lo tenemos consciente.

Una historia triste en mi infancia me impulsó hacerlo diferente y eso se convirtió en el propósito de mi vida. Estudié de pequeña en un colegio de Caracas, catalogado como uno de los mejores. Mis papás hicieron un esfuerzo para conseguir un cupo y mantenerme allí, pero a mí me hacía infeliz.

En esa escuela se le daba importancia a lo lógico, a las materias tradicionales, mientras yo estaba dotada de otras inteligencias como la interpersonal, la naturalista, la creativa, la innovadora, habilidades no valoradas por el sistema educativo de entonces.

Como consecuencia, instauré creencias que me limitaron como «no puedo» o «no soy capaz», lo que originó sentimientos de inseguridad y de poco valor. La parte buena de la historia es que esa situación despertó en mí la necesidad de crear un colegio diferente, donde el foco esté en el talento, en las habilidades, en las inteligencias de cada uno y en donde el respeto a la individualidad, a los ritmos diferentes y formas de aprender sean fundamentales.

Así nació nuestro emprendimiento educativo Pequeñitos de Mamá Margarita, que es un colegio que ya tiene 20 años de existencia, y Educación Inteligente, el modelo educativo que tiene como objetivo desarrollar el liderazgo personal, valorar el Ser y hacer a los alumnos competentes para las exigencias del siglo XXI.